Fontini

Maneras de encender una luz

Encender una luz es un gesto menor. O eso creemos.

Hay algo íntimo en ese instante previo a la luz. El cuerpo se adelanta al espacio. El brazo se estira. La muñeca decide. A veces gira. A veces son los dedos quienes accionan. Y entonces sucede: la habitación aparece.

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Si la danza contemporánea nos ha enseñado algo, es que no existen movimientos neutros. Todo gesto, por mínimo que sea, ocupa un lugar en el espacio y en el tiempo. Encender una lámpara también es eso: una microcoreografía doméstica, repetida miles de veces, casi siempre sin público, pero no por ello menos precisa.

Aristóteles decía que el hábito es una segunda naturaleza. Encender una luz lo es. Lo aprendemos temprano, lo incorporamos al cuerpo y lo ejecutamos sin pensar. Pero, como ocurre con cualquier movimiento automatizado, basta detenerse un segundo para descubrir que no es un gesto cualquiera. Es una decisión física. Una relación directa entre cuerpo, objeto y espacio.

“Pero no todos los interruptores proponen el mismo movimiento.
Y no todos los movimientos cuentan la misma historia.”

El interruptor rotativo, por ejemplo, exige tiempo. Girar implica intención. No es un golpe seco ni una orden inmediata. Es un movimiento circular en el que la mano acompaña el mecanismo y, durante ese segundo suspendido, el cuerpo participa activamente en el encendido. Hay algo casi coreográfico en ese giro: una reminiscencia de otros objetos domésticos, como los diales de una radio o los fogones de una cocina.

La manecilla redondeada accionable pertenece a otro vocabulario corporal. Es precisa, directa, elegante. Un gesto breve en el que interviene la gravedad. Con un dedo y una pequeña presión, llega el clic como confirmación del movimiento. Ese pequeño ruido es la prueba de que algo ha sucedido. Como el cierre de una joya. El cuerpo recibe una respuesta inmediata al hacerse la luz.

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Ambos gestos, girar y accionar, hablan de distintas maneras de habitar el espacio. De cómo entramos en una habitación, de cómo activamos la escena.

En Fontini, los interruptores son pequeños artefactos cotidianos que traducen movimiento en atmósfera mediante una coreografía íntima.

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