Elogio del papel pintado
Para María Antonieta se diseñaron más vestidos, muebles y caprichos decorativos que para cualquier otra reina de Francia. Entre ellos, papeles pintados creados específicamente para sus habitaciones privadas en Versalles: escenas de aves, ramas florales y paisajes lejanos que eran gesto de intimidad más que una declaración de poder. En realidad, estos murales tenían poco que ver con el exceso y mucho con el valor que se otorgaba al trabajo artesanal.
No fue la única figura histórica seducida por el papel pintado. En Inglaterra, por ejemplo, William Morris lo convirtió en una declaración estética y política: un rechazo de la producción en masa y un regreso a los oficios tradicionales. En Estados Unidos, ya en el siglo XIX, las familias acomodadas colgaban papeles importados como símbolo de progreso cultural. Incluso en Japón, durante el periodo Edo, los byōbu (biombos pintados a mano sobre papel) funcionaban como una especie de antecesor elegante del papel mural, separando espacios con escenas naturales que contaban historias.
“Que muchos de estos motivos provinieran de Oriente no era casualidad. Los primeros papeles pintados a mano surgieron en China cuando el arroz y la seda se utilizaron como soporte para composiciones naturales que combinaban precisión y delicadeza. Para cuando llegaron a Europa en el siglo XVII, ya estaban reemplazando los paneles de madera decorados y aportando una nueva profundidad visual a las casas señoriales. La absorción del pigmento, la viveza del color y el nivel de detalle hicieron del papel pintado una pieza clave en los interiores más sofisticados.”
La Revolución Industrial democratizó su uso y lo convirtió en un elemento cotidiano. Sin embargo, la tradición de pintarlo a mano nunca desapareció. Hoy, talleres históricos y artistas contemporáneos siguen apostando por papeles que se alejan de la repetición digital y recuperan la irregularidad que hace único cada diseño. Es un compromiso con lo que no puede acelerarse: el tiempo, el gesto y la mirada del artesano.
Quizá por eso el papel pintado continúa siendo tan actual. Reviste una pared y crea un marco cultural dentro del espacio, una atmósfera que habla de historia, gusto y carácter. En ese sentido, comparte la misma lógica que los mecanismos artesanales de Fontini: piezas pensadas para acompañar, sin imponerse; para sumar textura e identidad desde la discreción. Al final, tanto una pared como un interruptor pueden ser lugares donde la artesanía encuentra su hogar.